¿Cuadrado o redondo? Reflexiones sobre los discursos en torno a las víctimas en la Iglesia

Klaus Mertes es un sacerdote Jesuita que tuvo una larga vida profesional en la educación jesuita, desde 1990 hasta su reciente jubilación como ministro del campus y rector en tres colegios Jesuitas Alemanes.

Desde 2010 y en adelante, también ha estado trabajando con valentía para superar el escándalo de los abusos de la iglesia. En agosto pasado (2021) recibió el ‘Premio Teológico’ de las Semanas Universitarias de Salzburgo por ‘romper espirales de silencio sobre el tema de los abusos y por su persistente reflexión sobre las causas sistémicas de los abusos y la mejor manera de tratarlas’; consulte la referencia a este premio en el Boletín de JCEP, septiembre de 2021:https://jesuits.eu/news/1839-jesuit-adered-for-reflection-on-abuse

Se puede escuchar a Klaus Merte en la grabación de nuestro webinar, y, a continuación, publicamos su discurso que fue presentado al recibir su premio, como una oportunidad para la reflexión en profundidad. El título hace referencia a “conectar el cuadrado de la confrontación con el redondo de la cooperación”, creando así una base sostenible para la comunicación entre ambas partes.

 

Curso de Verano de la Universidad de Salzburgo, 4 de agosto de 2021

Klaus Mertes, SJ

 

El 26 de junio de 2021, la Comisión Independiente para la Reevaluación de los Abusos Sexuales contra Menores hizo balance en el Instituto FAZ [F.A.Z.-Institut]: «Como en la mayoría de los países, fueron las víctimas de la violencia sexual en Alemania las que exigieron la creación de una comisión de reevaluación. En particular, la iniciativa Eckiger Tisch, que también se formó atendiendo a las diferencias lingüísticas como mesa redonda, se comprometió a ello».

1

La distinción entre «redondo» y «cuadrado» ya estaba en vigor en la conversación que se convirtió en el detonante de mi carta a los antiguos alumnos del Colegio Canisio [Canisius-Kolleg] de Berlín a principios de enero de 2010. Matthias Katsch informó sobre ello diez años después: «Expresamos nuestro deseo de tener acceso a la lista de correos de los exalumnos del colegio, porque queríamos llegar a nuestros compañeros de clase y, además, a los supuestamente afectados de los años setenta y principios de los ochenta. Mertes lo dejó claro de inmediato: no nos daría ese acceso. “De hacerlo, yo mismo escribiría la carta”, explicó. “Pero primero tendría que pensarlo”»[1]. En una mirada retrospectiva, percibo que en aquel momento me alejé de la idea de empezar con una cooperación «redonda», es decir, escribir una carta juntos. Luego, desde 2010, me ha quedado la duda de qué modelo de comunicación entre los representantes de la institución y los afectados sería el adecuado para afrontar los abusos: el modelo redondo o el cuadrado, la cooperación o la confrontación, o ambos a la vez, de alguna manera entrelazados.

Una institución estatal puede invitar a una mesa redonda, siempre que se trate de un organismo neutral e independiente, que no esté implicado en los abusos en la institución eclesial (aunque sí en los suyos, pero ese es otro tema). La institución afectada, en cambio, no puede hacerlo. La acusación del afectado se enfrenta a la institución. En este sentido, el proceso comienza necesariamente de frente, en cuadrado, con la confrontación[2]. Esto no significa que no haya deseo ni voluntad de cooperar por ambas partes, incluso por parte de los afectados. Sin embargo, en este caso, este deseo tiende nuevas y viejas trampas, especialmente para los afectados, que dan lugar a repeticiones del abuso durante la fase del afrontamiento del mismo. Así lo hemos visto en los últimos meses en la archidiócesis de Colonia: el proyecto de implicar a los afectados en la reevaluación se convirtió en su instrumentalización[3].

Este fracaso no es un argumento contra la participación de los afectados. El objetivo de asumir los abusos es siempre eliminar la exclusión de las víctimas de la comunidad[4], que se dio con el abuso. El deseo de revocar la exclusión resonó entre las víctimas en 2010 en la conversación mantenida en el Colegio Canisio: Querían participar en la celebración del trigésimo aniversario de su bachillerato en el otoño de 2010, asegurándose de que los perpetradores no fueran invitados, y de que ellas mismas no tuvieran que seguir ocultando su historia para garantizar la paz corrompida en su clase de bachillerato. La reevaluación también tiene que ver con la posibilidad de «redondear». Para que tenga éxito, la voluntad de cooperar debe ser inherente al proceso de reconciliación con el pasado y debe ser apreciada. Si los procesos de reevaluación permanecen siempre en la confrontación, vuelven a caer en ella, e incluso la hacen más profunda y crean nuevas injusticias, fracasarán. Esto también se ha observado una y otra vez en los últimos años.

Entonces, ¿qué importancia tienen la voluntad de cooperación y la voluntad de confrontación de ambas partes en el proceso de reevaluación? ¿Y qué significa esto para la respectiva comprensión de los roles? No hay una respuesta sencilla a esta pregunta. La crisis de los abusos, según Hans Joachim Sander, «no ha exacerbado la estructura binaria a favor-en contra. Más bien, la ha disuelto»[5]. Encuentra una analogía en la banda de Möbius. «A primera vista, es una banda con una parte superior y otra inferior, como también con un lado izquierdo y otro derecho. Pero debido a la torsión de la banda, el lado de arriba está directamente conectado con el de abajo, si se sigue la banda. Del mismo modo, el borde izquierdo se retuerce en el derecho cuando se sigue recorriendo»[6]. Con las codificaciones binarias (correcto-incorrecto, bueno-malo, redondo-rinconero) no se llega más lejos; es más, se va de un fracaso al siguiente. Esto también se aplica a la relación entre la confrontación y la cooperación entre los afectados y la institución en la fase de reevaluación.

Advierto en estas torsiones continuadas dos temas que son también importantes para la reflexión teológica. En primer lugar, el tema del «pecado» (hamartía) en Pablo, entendido no como la transgresión de la ley por los individuos, sino –en singular– como el poder que nos hace pecar, tal y como Pablo entiende el concepto de pecado en singular. El abuso de poder produce lo mismo que el pecado de Adán: abre la puerta a un poder que sigue activo en el sistema, penetrando todo, o, más bien, contaminando, envenenando, retorciendo, y sobre todo incapacitando para el bien. «El bien que quiero hacer no lo hago, y hago el mal que no quiero hacer» (Rom 7,19). El círculo del fracaso es también y precisamente una experiencia de la futilidad de los esfuerzos bien intencionados para salir de ese círculo. El poder del abuso retuerce todos los esfuerzos al romper exactamente este poder en la confrontación directa. Por un lado, la Iglesia puede estar segura, desde fuera, de que ha hecho mucho en el ámbito de la educación, la prevención y la ayuda, incluyendo cambios en los procedimientos del derecho canónico. No quiero extenderme sobre este punto, y ciertamente no quiero negarlo. Pero, por otro lado, todo esto no es suficiente, dependiendo de cómo se determine el objetivo de la reevaluación; es más, todos los éxitos siempre se ven ensombrecidos, por ejemplo, por los esfuerzos de utilizar lo que se ha hecho bien para limpiar la propia imagen. Al estar bajo el poder de la hamartía, se repiten los patrones de comportamiento que se supone que se han superado. La salvación propia bajo el poder del mal no funciona.

Encuentro el otro tema teológico en el motivo bíblico de la tentación: el diábolos es el que retuerce, el que tergiversa. Actúa de forma tan torpe como astuta. Habla de forma simple en situaciones complejas o, a la inversa, de forma compleja en situaciones simples. Es el sabelotodo, el «experto» por excelencia, naturalmente no por experiencia propia, sino solo con intención táctica. Por ello, desde la perspectiva interna de un cargo responsable, me he salvado en ocasiones del exceso o del defecto de los distintos consejos, opiniones de expertos y voces con el mantra: «Haga lo que haga, está mal. Así que hago lo incorrecto que creo que es lo correcto».

Lo mismo ocurre con las interpretaciones teológicas. Pueden ser poco complejas o demasiado complejas. Al fin y al cabo, el motivo de la tentación trata de la sencilla cuestión de confiar en Dios: ¿Dónde encuentro a Dios, su voluntad, su amor? Se vuelve complejo porque hay alguien que se disfraza de «ángel de luz», según la fórmula clásica de Pablo. Se presenta como Cristo o también como intérprete de Dios. En relación con los abusos, los niños y los jóvenes, y en general las almas que buscan a Dios, son conducidos a trampas por los poseedores del poder espiritual, por su aura y su «pericia»[7]. La confianza que tienen en Dios es objeto de abuso por los perpetradores, que la dirigen hacia su persona y luego la usan. Este juego perverso no se detiene simplemente ahora en la fase de la reevaluación. La tarea crítica de la teología es examinar y rechazar los cortinajes que huelen a piadosos y los presupuestos teológicos que continúan errando. Tomemos, por ejemplo, la utilización del concepto de «perdón» o incluso el de «amar a los enemigos», conceptos sin duda indispensables y centrales del Evangelio. En 2019, un incidente en la diócesis de Münster ocupó los titulares nacionales. Un sacerdote predicaba sobre el perdón y exhortó a los fieles a que perdonaran también a los sacerdotes abusadores. Varias personas se levantaron y abandonaron la iglesia en señal de protesta. Querían llamar la atención sobre el hecho de que las víctimas estaban también sentadas en los bancos[8]. En este caso podemos advertir varios enfoques simplistas para llegar a reconciliarse con la situación. Y la decisión de levantarse y salir es una decisión tan sencilla como adecuada a la complejidad de la confusión.

Así que, dado que la situación está tan enredada, queda en primer lugar la posibilidad de ver a través del carácter tentador de las muchas propuestas que suenan bien y que quieren mostrar una salida seductoramente sencilla del enredo, y decir que no, sin poder decir de inmediato si la reconciliación podría llegar a ser positiva y cómo. La teología negativa es un arte de la negación, protege lo positivo mediante la negación, aunque lo positivo se le oculte. Para usar la frase clásica, «Si comprehenderis non est Deus» (Agustín).

Si unimos los dos temas (hamartía y diábolos), vemos que la institución no puede abordar el problema de los abusos por sí sola. Más bien, se ve abocada a nuevas trampas precisamente por estos intentos. El reverso positivo de esta constatación es que se necesita una autoridad «de fuera» que conecte de algún modo el cuadrado de la confrontación con la figura redonda de la cooperación. Desde el punto de vista teológico, se trata de un alegato a favor del carácter de gracia o don de la comunicación exitosa entre las partes, entre víctima y agresor. Desde una perspectiva espiritual, se trata de una invitación a prestar atención a los signos de los tiempos, a las brechas que repentinamente se abren en el círculo del fracaso. Estructuralmente, esto conduce a la necesidad de una autoridad independiente para afrontar el pasado. Desde principios de este año, la Iglesia en Alemania ha intentado dar los primeros pasos en esta dirección, en particular desprendiéndose de la idea según la cual ella misma puede salvar la brecha entre los dos lados, el de la víctima y el del perpetrador, con los «Criterios para una reevaluación independiente» y con la «Comisión independiente para indemnizar a las víctimas» [UKA, por sus siglas en alemán]. Queda por ver si estos enfoques son o no suficientes. Eclesiológicamente, en todo caso, aún queda mucho por hacer, como se desprende de las declaraciones episcopales que recientemente han abogado por introducir tribunales administrativos y disciplinarios en la Iglesia para hacer frente a los fallos oficiales mediante procesos transparentes y justos, lo que también es un fruto de la confesa impotencia de no poder salir jerárquicamente de las trampas del pecado adámico del abuso por su propia fuerza.

2

Jörg Fegert, director de la Clínica de Psiquiatría/Psicoterapia Infantil y Adolescente de Ulm, informa en retrospectiva sobre el congreso «Hacia la curación y la renovación», que tuvo lugar en febrero de 2012 en la Universidad Gregoriana de Roma con la participación de obispos y afectados. «En el marco de este congreso se celebró una liturgia, que llamó mucho la atención, y que para mí fue una experiencia punzante, puesto que, desde mi punto de vista, mostraba la mudez y la impotencia del clero y la instrumentalización de los afectados… En el esfuerzo por encontrar a los autores para el programa (e-learning), me di cuenta de las muchas cosas que me afectaron emocionalmente en el momento de la celebración litúrgica con las víctimas. Desde mi punto de vista, las metáforas de imágenes inadecuadas, con una proyección de diapositivas de fotografías de la bomba atómica y otras catástrofes, debían describir la miseria del ser humano tras la caída y hacer aparecer los abusos sexuales como una de las muchas catástrofes. En esta celebración, se dio a las víctimas un papel que, en mi opinión, apuntaba a la reconciliación demasiado pronto. La música de la iglesia era banal y no era apropiada para la situación. La liturgia, con sus toques pseudomodernos como la proyección de fotos y la música coral simple y contemporánea, se convirtió para mí en una expresión de incrustación y de enmudecimiento. Una y otra vez, el motete de Bach Der Geist hilft unserer Schwachheit auf [El Espíritu ayuda a nuestra debilidad] pasaba por mi cabeza, y especialmente la línea denn wir wissen nicht, was wir sollen beten [pues nosotros no sabemos qué debemos pedir]. Eso es exactamente lo que era: no había una posición teológica sobre el abuso sexual. No sabían qué pedir. Pero en lugar de recurrir a los gemidos inefables, se proyectaron visualmente metáforas inadecuadas de aniquilación… Aquella tarde en Roma, tuve la impresión de que el abuso es algo con lo que las Iglesias realmente no tienen nada que ver, no tiene nada que ver con los fundamentos de su fe. Faltaba una brújula interior que no se puede comprar en el exterior, sino que debe surgir del discurso espiritual»[9].

El lenguaje eclesiástico fracasa no solo porque ya no es verdadero en la situación del abuso, sino porque quiere seguir generando palabras, cuando estas le acaban de ser arrebatadas. Por el momento, solo queda un «gemido inefable» (Rom 8,26). Hay varias razones para ello. Por un lado, los autores de abusos y también los encubridores han hecho uso del lenguaje eclesiástico para sus acciones y omisiones, contaminándolo de esta manera. Uno no puede sustraerse al abuso del lenguaje simplemente utilizándolo correctamente. El abuso es algo más que un uso externo. El lenguaje eclesiástico provoca ahora un trauma en los afectados. Ya no consuela ni edifica. El intento de la institución de dar un lenguaje a las experiencias de las propias víctimas es también ineficaz porque las diferencias de percepción entre ambas partes son demasiado profundas. El abismo entre las perspectivas de los perpetradores y las de las víctimas no se puede salvar de un lado a otro. Ninguna de las partes tiene un lenguaje a su disposición que pueda ser utilizado para saltar la brecha por completo.

Además, a la Iglesia se le niegan sus funciones habituales en relación con las víctimas. Hay una diferencia entre que el samaritano se dirija al hombre golpeado en el camino, cuando ha sido saqueado por otros, y que lo saquee él mismo. En este último caso, el lenguaje compasivo, la piedad por las víctimas, la «preocupación por las víctimas», como se dice tan a menudo en las declaraciones oficiales de la Iglesia, ya no son ciertos. La posición de ayuda está cerrada. Incluso la apreciación cristológica de la condición de víctima (Cristo al lado de las víctimas, Cristo como víctima en solidaridad con las víctimas) no se libra de la falta de palabra.

En el centro del problema que trato de abordar aquí está el tratamiento que la Iglesia da a la parábola del juicio en el Evangelio de Mateo (cf. Mt 25,31-46). A menudo se utiliza en el discurso eclesial para incorporar la realidad de los afectados al discurso cristológico: osos de peluche crucificados, «Abusar de los niños es abusar de Dios», «Los afectados nos evangelizan», «Las víctimas son los reyes», etc. Con este tipo de imágenes, la Iglesia se abre camino hacia la proximidad de las víctimas a través de la cristología. Por un lado, esto es comprensible, en la medida en que la Iglesia puede asumir que no está separada de Cristo a pesar de los vergonzosos crímenes en sus filas y en su nombre; así que busca a Cristo entre las víctimas. Sin embargo, en la situación de los abusos, esto conduce a trampas. Las personas afectadas experimentan ese lenguaje como una agresión. Al mismo tiempo, las personas afectadas informan de que se encuentran con un sesgo inapropiado por parte de la Iglesia, un sesgo que a su vez experimentan como una retirada de la cercanía. De nuevo, un punto de partida extrañamente retorcido. «En el abuso, se abusó de mi anhelo de cercanía, y ahora se me niega la cercanía porque se abusó de mí». El sesgo aparece como el reverso de una proyección invasiva del tremendum et fascinosum sobre los afectados, que no es coherente. Por cierto, tampoco es un gran paso volver a conectar con los afectados en la cercanía de producción propia con ellos mediante un lenguaje de máxima condena sobre los perpetradores, como también se pudo escuchar, por ejemplo, en el discurso del papa Francisco al concluir la cumbre sobre los abusos en febrero de 2019. Pero la Iglesia no puede definirse fuera de la constelación del cuadrado de esta manera o de cualquier otra. Más bien, en la constelación de los abusos, le llega el mensaje opuesto de la parábola del juicio: «Apartaos de mí» (Mt 25,41). También escucho en él: «Quedaos al otro lado del foso».

¿Pero qué se queda al otro lado del foso? Me refiero a la cercanía de Cristo a la Iglesia pecadora en su sustitución solidaria. «El Hijo del hombre ha venido a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). En esta perspectiva, Cristo no se posiciona vicariamente en el lado de las víctimas, sino en el del pecador, es decir, en el otro lado del foso, mediante la expiación. Esto presupone una visión autocrítica del propio lado horrible, precisamente no el narcisista que transfigura la realidad, clásicamente hablando: la confesión, así como el arrepentimiento activo posterior. Por eso es correcto, sobre todo desde el punto de vista cristológico, que la Iglesia haya emprendido el camino de reevaluación. Si no lo hiciera, no seguiría al Hijo del hombre que la precedió.

Una vez más, todo esto no debe entenderse –la diferenciación no tiene fin– en el sentido de una privatización de la relación con Jesús más allá de las personas afectadas, como se pretendía y se les concedía en una práctica errónea de confesión y absolución por parte de los culpables. Tampoco se niega en absoluto la cercanía de Cristo a los afectados, aunque también lo esté del otro lado. Se trata de una cercanía diferente, no de la misma. Se hace visible así un aspecto central de la encarnación, a saber, Cristo entra en la lógica del pago del rescate, que debe hacerse desde el lado del pecador: la aceptación de las consecuencias del fracaso, especialmente también vicariamente, y la conversión, no solo individualmente, sino en relación con la autocomprensión como institución. Por eso es indispensable para la reevaluación hablar de los factores sistémicos favorecedores, que deben ser repensados en el sentido de la metánoia. Quien habla aquí de «abuso del abuso» no ha entendido algo esencial. «Lo que está torcido será enderezado» (Is 40,4), lo que es anguloso se hará redondo, y esto puede tener éxito si uno no se evade ni quiere hacerlo por sí mismo, sino que permanece en el seguimiento de Cristo.

 

Traducción: José Pérez Escobar

[1] Matthias Katsch, Damit es aufhört – vom befreienden Kampf der Opfer sexueller Gewalt in der Kirche, Berlin 2020, pp. 51s.
[2] En 2010, las víctimas de los colegios jesuitas invitaron en dos ocasiones a representantes de la Compañía de Jesús a una «mesa rinconera» en primavera y otoño.
[3] Cf. FAZ, « Abused Affected Persons», 14-11-2020.
[4] La institución no es «solo» institución, sino que representa y estructura comunidades.
[5] Hans Joachim Sander, Anders glauben, nicht trotzdem – Sexueller Missbrauch der katholischen Kirche und die theologischen Folgen, p. 135.
[6] Ibid., p. 17.
[7] Cf., más recientemente, Herderkorrespondenz 8/2021, «Statisten beim Fest», pp. 26ss.
[8] Sobre la noticia, véase katholisch.de, 9-7-2019.
[9] Jörg Fegert, «Sexueller Missbrauch: Empathie statt Klerikalismus»: Stimmen der Zeit 3 (2019), pp. 199s.

 

Puedes volver a la página principal haciendo clic aquí “Protecting the Minors in our Schools” , o bien puedes ver todos los artículos de reflexión haciendo clic en la siguiente etiqueta Protecting the Minors in our Schools Safeguarding Conference