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Es curioso que se haya acuñado un término para quienes hemos estudiado Humanidades, o como antaño se decía,  “letras”. Es más curioso aún que ese término sea, además, despectivo e indique que quienes hemos decidido estudiar Literatura, Lengua,  Idiomas, Arte, Derecho, Música, Filosofía, Historia, Geografía, Teología y otras disciplinas que conforman este grupo de Humanidades, no estamos a la altura y de ahí que se crea que vamos con retraso todavía no sé muy bien hacia dónde.

Esto me ha llevado, más de una vez, a encontrarme con alumnado que se avergonzaba por querer escoger esa opción de Bachillerato, de grado o de ciclo formativo,  incluso se le “empujaba” a no escoger esas materias para que no se le tildara de “letrasado” o porque es una lástima que con ese expediente no vayas por ciencias que te abre muchas más puertas. Siempre quise saber cuáles eran esas puertas, ¿las del futuro? ¿Eso significa que ya no necesitaremos más personas que sepan, estudien e investiguen en todos los campos que tienen que ver con las Humanidades? ¿Escoger la opción de ciencias te asegura el mañana? ¿Dónde quedan tus intereses? ¿Y tus capacidades?

He conocido personas que han salido adelante siendo de ciencias y de letras, personas mediocres también en ambos campos que no han aprovechado oportunidades. ¿No es una clasificación y un estereotipo anacrónico?

En los años 80 y 90 en los que yo desarrollé mis estudios de EGB, BUP y COU aun coleaba con fuerza y vigor la teoría del cociente intelectual como factor determinante de la inteligencia de las personas y en esa teoría, el peso de las pruebas matemáticas o de la lógica era clave, así que a quienes éramos fundamentalmente creativos, proactivos, muy sociales y con buenas capacidades lingüísticas se nos consideraba menos inteligentes. Si teníamos suerte nos calificaban de listas (porque normalmente éramos más chicas que chicos) pero no inteligentes ya que aquel calificativo estaba reservado para quienes dominaban las matemáticas, la física y el dibujo lineal.

Es sorprendente que aún hoy nuestro sistema educativo siga promoviendo esta idea cuya invalidez está tan demostrada por investigaciones de los campos de la pedagogía, la psicología o la neurociencia.

Hagamos un rápido repaso histórico. En 1983 Howard Gardner planteó su teoría de las Inteligencias Múltiples intentando terminar con la del Cociente Intelectual que había surgido a principios-mediados de siglo. No quiso llamar a las inteligencias con otro nombre como “actitudes”, “destrezas” o algo similar, sino que insistió mucho en emplear ese término para darle la relevancia que necesitaban. Ya no éramos un número, sino que, para Gardner, nuestra inteligencia trataba, sobre todo, de nuestra capacidad para resolver problemas y para crear productos en un entorno rico en contextos. De ahí surgen las 8 inteligencias que conocemos (hay autores que apuntan a una novena de tipo espiritual o de interioridad): lingüística,  lógico-matemática, espacial, cinético-corporal, musical, interpersonal, intrapersonal y naturalista.

Todo el mundo posee las 8 inteligencias y la mayoría de las personas puede desarrollarlas hasta alcanzar un nivel adecuado (que será diferente en cada caso); además,  las inteligencias funcionan en conjunto formando un sistema complejo que se interrelaciona lo que nos lleva a que se puede ser inteligente de muchas maneras en cada categoría.

“Cada ser humano tiene una combinación única de inteligencia. Este es el desafío educativo fundamental” nos dice Gardner y tal vez esta frase debería resonar en nuestros oídos cuando entremos en el aula, cuando pongamos etiquetas rápidas o facilonas o cuando en los propios entornos familiares se considere que un hijo o una hija son más o menos inteligentes en función de sus capacidades matemáticas.

La flexibilidad, la creatividad, la resiliencia o el trabajo en equipo no tienen que ver con ciencias o letras, tienen relación con una formación integral que supera etiquetas y prejuicios anclados en otros tiempos que no se corresponden con el siglo XXI.

Si hablamos de salidas laborales conviene pararse a leer artículos diversos que aparecen en prensa y en los que se ve como se potencian más los estudios humanísticos para trabajar en conjunto con actividades tecnológicas y de I+D. Cada vez tendremos que desarrollar más funciones en las que las ciencias y las humanidades se complementen porque, en nuestro mundo, en nuestra sociedad, ya no hay necesidades estancas, sino necesidades globales que implican enfoques amplios y no visiones estrechas.

Necesitamos personas que generen tecnologías, que creen patentes, que desarrollen prototipos, que avancen en investigación científica de cualquier tipo, pero también necesitamos personas que reflexionen, que cuestionen, que cuiden de nuestro patrimonio, que procuren que no se nos olvide lo que ya hemos hecho para no caer en el error de repetirlo, que busquen el bien común,  que procuren la justicia en un mundo tan injusto, que cuiden de nuestra alma, porque al alma también hay que darle alimento y hay que mimarla o perderemos nuestra esencia como seres humanos.

Creo que son tiempos en los que hay que empezar a romper estas viejas ideas y comenzar a formar equipos de personas competentes y comprometidas, con capacidad de generar y de pensar.

Animo a todo ese alumnado que se mantiene en la sombra solo para evitar el nombre que se sienta orgulloso de amar lo que nos hace humanos, lo que nos ayuda a crecer también por dentro. Les animo a sentir orgullo de “letrasada”, como el mío.


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