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By Janilda Sumaya Herrera Ureña
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Dec 5th, 2018
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Cada mañana abro los ojos y doy gracias al Señor por todas las bendiciones que recibimos: el aire que respiramos, la familia, la vida. Le ofrezco mis pensamientos y acciones por recibir esa gracia divina, la de saber que a través de nuestra profesión nutrimos como la savia de los árboles la sabiduría y la madurez de nuestros alumnos, pero sobre todo la de formar parte de una institución que se ha convertido en mi segundo hogar desde hace ya diez años ininterrumpidos, un equipo de vida que valoro tanto como a mi familia de sangre. Aquí encuentro a mis hermanos de labor, quienes con una sonrisa y un sincero: ʺBuenos díasʺ, van preparando el escenario de la jornada.

Llego a la fila y veo caritas sonrientes que me dicen ʺhola profe Sumayaʺ y resultan una caricia fresca para mis oídos. Así es como San Ignacio de Loyola y Jesús mismo nos acogen con sus brazos abiertos cada día.

Escucho las notas del himno dominicano que nos invita a levantar con orgullo nuestra frente porque somos libres de ataduras, en una isla que danza en el medio del mar Caribe. Las filas parten hacia sus salones a recibir una enseñanza apoyada en el pilar de la fe Cristiana. Con el testimonio de nuestros alumnos, que hacen de las matemáticas, español, ciencias, historia, geografía, idiomas, arte, deporte y formación humana, una única manera de vivir y sumergirse en un mundo global, pero fuertemente apoyado en la palabra de nuestro Señor Jesucristo.

Recorro cada pasillo del colegio y me lleno de una profunda paz, amor y respeto,  los que siento por cada miembro de la familia Loyola y los que me llenan de un gozo gracias al cual puedo ver la vida de manera diferente. Y es que aquí aprendo a cada paso que doy, lo que me mantiene con la energía necesaria para seguir adelante con mi misión de educar.

Camino por el Patio Español, que nos habla de glorias de otros tiempos, la fuente, las palomas, ese rico olor a mar que nos queda justito delante de nuestros ojos. Así tocamos los corazones de las familias, acompañando a sus hijos, ese pedacito mismo de ellos que nos confían cada día y nos permite sembrar  la semilla de la fe, el amor y el servicio.

El antes y el después de que la vida me pusiera en este espacio de crecimiento es un testimonio a compartir, y aunque la materia que imparto es francés siento que aprendo una asignatura cada día. Diferentes nacionalidades convergen en nuestro colegio, sin embargo, somos uno solo.

Un día como profesora en el Loyola, es escuchar una sonrisa, lanzar un balón, secar una lágrima, orar, cantar, bailar, cuidar el medio ambiente, crear, respetar las imperfecciones, dar, recibir, escuchar, discernir, planificar, contribuir, cooperar, construir; un día en el Loyola como profesora es aprender a ser mejor como humano y a desaprender para volver a aprender. Es amar y es servir.


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