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Antes del cañonazo que cambió su vida, Ignacio de Loyola había dedicado su existencia y su energía en convertirse en un distinguido caballero de acuerdo con los estándares sociales de aquellos tiempos. No obstante, todo cambió en Pamplona cuando fue herido gravemente en una de sus piernas. Como resultado, como sabemos, Ignacio pasó por un proceso difícil y lento para encontrar un nuevo sentido de la vida, un sentido que pudiera satisfacer su insaciable sed de sabiduría y éxito.

En este proceso Ignacio, poco a poco, fue cambiando su forma de entender el éxito, dándose cuenta de que una buena vida, una vida verdadera, era una vida de cercanía a Dios y de servicio a la humanidad, tal y como se presenta en los evangelios. Esto supuso para él un cambio copernicano. El caballero comienza a transformarse en un compañero espiritual apasionado por compartir su experiencia espiritual con los demás. Sin embargo, su falta de estudios se tornó en un obstáculo para acompañar a otros. Por este motivo, decidió ir a la escuela para aprender cosas que antes no le interesaban mucho: gramática, latín, filosofía, teología… Tenía más de treinta años cuando empezó a aprender estas materias. Tuvo que estudiar con niños y gente mucho más joven, que se preguntaban por qué un caballero tan mayor estaba aprendiendo recién las bases de la educación. Comenzó sus estudios en Barcelona (1524), de ahí fue a la Universidad de Alcalá (1526), Universidad de Salamanca (1527), y finalmente a la Universidad de Paris (1528) donde obtuvo su título de bachiller en Artes en 1532 (¡40 años!).

La experiencia de formarse en algunas de las mejores universidades de aquellos tiempos ayudó a Ignacio a darse cuenta de que la formación intelectual era una herramienta importante para el mejor servicio a Dios y a la humanidad. Más tarde, cuando él y otros compañeros universitarios decidieron fundar la Compañía de Jesús, estaban convencidos de la necesidad de una formación intelectual rigurosa y profunda para los que ingresaban a la Compañía de Jesús. Según San Ignacio, no es posible cumplir el propósito de la Compañía de Jesús (la propagación de la fe y el servicio a los demás) sin una profunda formación intelectual.

Esta convicción tuvo un impacto importante en la fundación de los colegios jesuitas desde el principio. Recordemos que originalmente los colegios jesuitas se abrieron para formar a los jesuitas más jóvenes. Los jesuitas se habían inspirado en la convicción humanística de educar para el bien común, pero también en el principio escolástico de que la fe y la razón son compatibles, y que la formación intelectual es un aspecto importante para el crecimiento espiritual de la persona. Por ello, los jesuitas invirtieron mucho tiempo y energía para proveer una sólida educación intelectual y fueron reconocidos por su rigor intelectual. El gran filósofo Descartes (1596-1650) no duda en recomendar un colegio jesuita a un padre de familia en busca de una buena educación para su hijo: “no hay lugar en la tierra donde se enseñe mejor la filosofía que en La Flèche.” Descartes se refiere al colegio jesuita donde estudió en un reconocimiento a la profundidad intelectual de su formación.

Hoy, los colegios jesuitas siguen siendo reconocidos por ofrecer una sólida formación intelectual y excelencia académica. Esto es sin duda un sello de nuestra tradición educativa, y es muy central para nuestra comprensión de la excelencia humana hoy en día. El documento reciente “Una Tradición Viva” explica:

“Nuestro tradicional énfasis en la excelencia académica no debe ser descuidado. Permite a nuestros colegios cumplir una de las funciones sociales fundamentales y les permite entrar en diálogo con la sociedad más amplia acerca del significado de la calidad educativa. Pero en nuestros colegios este empeño debe enmarcarse dentro del contexto de la excelencia humana.” (# 272).

El P. General Arturo Sosa SJ también ha dejado claro este punto al argumentar que,

“Para responder a la llamada expresada en las preferencias apostólicas universales necesitamos esforzarnos más que nunca en la profundidad intelectual que nuestro carisma fundacional y tradición exigen y que acompaña la necesaria profundidad espiritual. La Compañía está comprometida en el apostolado intelectual porque la profundidad intelectual caracteriza todas las formas de apostolado de la Compañía de Jesús. Queremos seguir sirviendo a la Iglesia con el apostolado intelectual, a saber, expresando la fe con consistencia intelectual… Sin esta condición, la contribución de la Compañía de Jesús a la misión de la Iglesia no responde a la exigencia del magis ignaciano.” (Preferencia Apostólicas de la Compañía de Jesús, febrero 19, 2019).

De este modo, la profundidad intelectual debe continuar siendo una característica importante de nuestra educación. Sabemos que, en nuestro mundo polarizado con acceso fácil a la información y donde se presentan nuevas formas de manipulación, como las llamadas “noticias falsas,” esta profundidad intelectual significa preparar para el pensamiento crítico, la reflexión profunda, la escucha con atención, y el análisis cuidadoso. En otras palabras, la profundidad intelectual debe llevarnos a la formación de personas de discernimiento que no se contenten con respuestas fáciles y rápidas, sino que sean capaces de recorrer el camino más demandante de la construcción del conocimiento a través del análisis y la reflexión cuidadosas.