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By Ana María Vargas Álvarez
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Mar 5th, 2019
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El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor[1]

Como todos los años, los Retiros Espirituales Ignacianos dieron la pauta para el encuentro con Dios desde la fragilidad y la esperanza, de nuestros estudiantes de grado Undécimo, del Colegio San Bartolomé La Merced. Ellos tuvieron un tiempo privilegiado para reconocer tanto bien recibido durante su vida escolar y todo fue puesto en las manos del alfarero para que cada quien sea hijo, hermano, estudiante, persona y ciudadano.

Desde hace algunos meses hemos trabajado el proceso para dar la estructura a una experiencia ignaciana de completo discernimiento. En ese sentido, el SAE (Servicio de Asesoría Escolar), la Pastoral y los acompañantes de curso del grado, dieron inicio a un trabajo conjunto para armonizar la propuesta de los retiros espirituales. El resultado fue constatar que cuando se trata del ser humano no hay nada mejor que entretejer sensibilidades y experiencias armónicas que nos permiten conocernos más y ser más creativos. De este modo, nos dimos cuenta que era necesario unir lo histórico, espiritual y afectivo a través de un primer contacto con el proyecto de vida, que recogiera entre otras cosas la pregunta por el sentido enmarcado en el Principio y Fundamento, la toma de decisiones desde el Discernimiento, la posibilidad de renovarse y transformar el mundo que se habita. De esta forma el proceso de discernimiento vital se vivencia en las distintas meditaciones y contemplaciones de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.

Para llevar a cabo esta propuesta se dispusieron cinco fincas, una para cada curso de undécimo.  Allí Los bartolinos y bartolinas vivieron una experiencia maravillosa acompañada de un equipo de Jesuitas y colaboradores apostólicos del colegio. Desde el 29 de enero nos distribuimos en las cinco fincas para dar paso a la acción. Fueron ciento dieciséis (116) estudiantes quienes se dieron la oportunidad de sumergirse en los retiros, experimentando el silencio, la oración y las conversaciones espirituales. El fruto depende de cada persona que sumergida en la interioridad apasionada logra conectarse con lo más íntimo de su vida y logra así llevarse en el corazón la vivencia de los Ejercicios Espirituales. Cada ejercitante entonces elige hasta dónde quiere dejarse permear por ese amor que emana del Dios de Jesús y lo convierte en su modo de discernir, de proceder y de entrega generosa hacia los demás, autentificando así el amor en obras.

A continuación, compartimos algunos testimonios de estudiantes frente a su experiencia vital:

Llegué con muchas expectativas, la verdad pensé que iba a ser diferente. Llegué con algunas dificultades, inseguridades, miedos, desconfianzas y salgo de la experiencia más fuerte, más empoderada y más tranquila. Esa piedrita que tenía en el zapato, ya está saliendo poco a poco.

Igualmente salí y me voy más conectada con Dios, más unida y con más amor para dar y recibir. Siento que fue una experiencia realmente valiosa y gratificante. Salgo con un norte más claro y con una tranquilidad enorme.”

Llegué con muchos conceptos en duda, con la noción de que había algo más que ver en mi interior de lo que he visto. Llegué con un sentimiento de total duda con respecto a los cimientos que había creado para mi vida, con una identidad creada, pero sin la seguridad de que fuera una identidad cuerda, posible, buena. Me voy con esos cimientos fuertemente reforzados, con una nueva mirada hacia ellos.”

Llegué como alguien egoísta y superficial y me voy como una persona que piensa en los demás y que mira a las personas por lo que en verdad son.  Los mayores frutos que me llevo son los mensajes que Dios me dio en los momentos que más necesité, las ideas que planteé y la nueva forma de ver la vida.”

Lo que más me marcó en ejercicios fue el poder aprender a amarme y perdonarme. A amar a Dios y a los demás y a reconciliarme con mi entorno.”

[1] Principio y Fundamento [23] Ejercicios Espirituales de San Ignacio


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